Ella siempre había querido

Fue una vez una niña que quería querer a alguien y que la quisieran. Cogía su abrigo, guantes y bufanda, y bajaba a la avenida donde se cruzaba con 99 personas que se dirigían decididas a algún sitio sin decidir. A la siguiente persona le pedía que le escuchara un segundo, para seguidamente preguntarle si podía quererla aunque solo fuera un rato. La respuesta era siempre 'no'. Con cara de sorpresa, con expresiones de susto, con risas histéricas... No importaba, todos afirmaban que 'no'.

Más adelante descubrió el callejón de las vendas. Empezó a visitarlo, comprobando antes de entrar que la gente que se desplazaba por él iba ya con los ojos tapados. Se ponía, entonces, su venda, doblaba la esquina, y caminando con tiento y dificultad esperaba a chocarse con alguien. En ese instante se querían -sin gracia, con torpeza- y enseguida, bajo revoltosas tormentas que despertaban brotes en parques y balcones, todo acababa. Antes de aparecer las primeras florecillas hasta el recuerdo se había acabado.

No fue sino mucho después, tras muchos paseos por la avenida y por el callejón, que la niña -ya mayor- descubrió por fin la plaza. Allí quedaba -algunos días, a algunas calurosas horas- un pequeño grupo de personas que, como ella, querían querer y que les quisieran. No usaban vendas ni avanzaban decididas por avenida alguna. Alrededor del kiosco -entre árboles de frondosas ramas y fuentes de traviesos chorros- pasaban las horas leyendo, bailando, silbando canciones, abanicándose, contemplando flores... Como en casa, más bien, pero al aire libre y con gente. Otras veces se querían, bien a través de sus bocas, bien haciendo hábil uso de pies y manos.

A partir de entonces la niña -poco niña ya- abandonó por completo el callejón y con él los choques que más de una vez allí buscó. Abandonó también la avenida -que solo pisaba para llegar a la plaza- y empezó a pasar los días junto al kiosco, entre los árboles y fuentes que cambiaban según la estación del año. Al poco tiempo llegó a olvidarse de su casa, porque prácticamente vivía ya fuera, y si se descuida se queda sin ella por culpa de las lentejas. Aquella mañana había querido tanto querer que bajó corriendo a la plaza llevándose una hermosa sonrisa... y dejando en la lumbre una bullente cazuela. Con un sol proyectando paralelas sombras contra el suelo que se nublaba, abandonó veloz su querer y corrió sudando hacia el humo que competía con el sol por la ventana de su cocina.

Llegó a tiempo... de salvar la casa, pero para comer tuvo que hacerse un bocadillo de queso con compota de fresas de temporada. Se echó la siesta y al despertar bajó de nuevo a la plaza. Allí le pidió a alguien una olla de sobra y, ya que estaba, aprovechó para disculparse por haber salido corriendo a medio querer. Desde aquel día cocinó por las mañanas -con paciencia, esperando a que el caldo espesara- y solo tras apagar el fuego cogía las lentejas y las bajaba a la plaza para compartirlas con todos. En adelante aparecerían más potajes, guisos y estofados, y además de lugar de querer, de lindas flores y de recreo, la plaza adoptó su nueva función de merendero.

Para el otoño -el de la niña que ya para nada lo era y el de muchos de sus amigos- la plaza empezó a parecer un campamento con los colchones viejos que algunos bajaron. Entonces llegaron -a cotillear desde lejos- muchos de los caminantes de la avenida y, seguidamente, grupos de turistas guiados por personas con vendas en la cara. Inmediatamente después, como es habitual en estos casos, apareció la nueva normativa municipal, la policía local, el auge en la compra-venta de pisos, el cambio en el gobierno central, la otra policía, fotógrafos con muchos flashes, la televisión, las fuerzas armadas, Hollywood peleándose con Netflix y, para rematar, un prototipo de tanque nuclear, por si la cosa se ponía fea y la población dudaba si serían capaces de arreglar aquella aberración que ellos mismos habían inventado. Finalmente llegaron el presidente, el obispo y el general, y echaron a suertes -con los dados trucados de su amigo común, el banquero- si edificaban, beatificaban o demolían la plaza.

Lo que la mala suerte decidió no nos importa, porque desde que empezaran a llegar los primeros curiosos de la avenida, sin que nadie se percatara, el olor a lentejas había desaparecido de los alrededores del kiosco. Bueno, desaparecido desaparecido no. El olor se había trasladado de la plaza a un olvidado arrabal donde acababa la ciudad, y el ladrillo se fundía con rebosantes naranjos cargados de verdes frutos y ondulantes mares de plantas aromáticas que acompañaban la fragancia del pimentón, el azafrán y el comino. Allí se encontraba la gente que quería querer y que les quisieran. Allí seguía bajando cada día la que una vez quemara sus lentejas por ansia de querer y ser querida. Y todos pasaban las horas leyendo, bailando, silbando canciones, abrazándose, contemplando frutos... Y desde entonces quiso y fue querida, hasta que de nuevo llegó el frío, y se puso el sol, y se despidió... tal y como ella siempre había querido.

Opinión: 
De momento, nada.
Texto
Castellano
18 de Enero de 2019

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