
La sonrisa carioca estaba allí esperándome, en la puerta de la casa de la señora a quién servía y donde yo vivía, en esa cara mulata.
Podría decir sonrisa brasileña pero vale de cualquier pueblo castigado, humilde y vitalista que aún se permite el lujo de la alegría porque la felicidad se sueña en otras tierras.
Adriana, en foto, te parece cuarenta y tantos -cuarteada, usada, cansada- antes de volver a casa, hora y media de bus. En vivo descubres el brillo de sus pequeños ojos negros, y esa sonrisa amplia, sincera y de fábrica, y la sospechas quinceañera.
Tiene tres hijos pequeños de 9, 7 y 6 que nunca han ido a la playa -aunque pueden verla a diario- y un 'marido bueno' que también trabaja y vive con ellos. Vive en el morro, técnicamente en la favela. En los controles de entrada y salida puede perder la sonrisa -más por descuido que por otra cosa- pero la recupera en cuanto la miras, aunque no te vea.
En las entradas y salidas de las favelas hay puestos policiales para 'controlar' qué entra y qué sale. Esto quiere decir que pasas el control al menos dos veces cada día que vas a clase o al trabajo. Estos controles (con su caseta y barreras) se encuentra especialmente en las favelas que están en los 'morros' (montes) que salpican la superficie de la ciudad de Río, más que nada porque en estos casos están más definidos los puntos de acceso. Algunas favelas menores tienen una única calle que las conecta con el resto de la ciudad.
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