El Conflicto de los Cuerpos - 6/7

- En 7 estivales capítulos

6. Bebida y comida (cuarta semana)

E. Compartieron el trayecto común hacia sus casas mientras caminaban con las bicis arrastradas por las manos. En la oscuridad de la noche se reconocieron cinéfilas y confirmaron que a ambas les había gustado el documental. Coincidieron en señalar los mismos momentos destacables de la proyección aunque cada una aportara diferentes puntos de vista. Diferentes pero no contrarios pues la mayoría de las veces se complementaban con distintos matices. Revivió, entonces, la incisiva dialéctica de sus años adolescentes, las horas de discusiones en el bar sobre cualquier cuestión intentando aplicar un método científico y encontrar la verdad absoluta. Reconoció que en aquella época discutía agresiva, ansiosa, casi extasiada. Ahora, sin embargo, lo hacía con la calma y dulzura que había acumulado con los años. Pensando en edades confirmó que a pesar del aspecto decididamente juvenil, Mariona ofrecía un discurso de persona formada, crítica e ingeniosa..., y volvió a sentir un fugaz destello de paz interior.

- Es como si todo fuera baile y el baile se hubiese liberado del corsé.

E. La compañía de Mariona intensificaba su calma y dulzura, mas al separarse de ella le abordó la rabia por no haberla encontrado el martes en el cine. Entonces se imaginó charlando largo rato con Mariona en la terraza de una cafetería, ignorando el paso del tiempo que apuraba la radiante noche, proyectando sus siluetas de luna sobre las calles desiertas, intercambiando juegos de alientos y sonrisas, acercándose... Pasó un coche veloz ante ella y frente a un semáforo en rojo volvió en sí. No imaginaba oportunidad de coincidir con ella antes del miércoles siguiente y decidió que debería ir a alguna otra sesión del festival. El jueves se tragó dos tostones, combinación habitual de pretencioso relleno en este tipo de 'fiestas del cine' basados en la concentración de títulos seleccionados (¿por quién?) bajo un mismo criterio (¿cuál?). Peor le sentó, en cualquier caso, recordar que se había escapado del trabajo sin obtener recompensa alguna. Llegó a casa procurando confortarse con el irresponsable dicho de que sin sufrimiento no hay beneficio.

P. El viernes recuperé horas de curro frente al ordenador, y para demostrarme que no era una vieja chocha, ni una adolescente encaprichada de nadie, cambié el plan de cine por fiesta. Recuerdo que de cría revolvía la ciudad y tiraba de más contactos de los que tenía hasta volver a dar con unos ojos con los que me había cruzado la noche anterior, por ejemplo en el autobús. De adulta no debía repetir ese comportamiento infantil, así que fui a las fiestas del barrio donde viví de pequeña, como hacía cada año. Aun sin ligar, normalmente me divertía tomando cervezas y encontrando a esas amigas que también se acercaban ese día a disfrutar de la verbena de barrio. Un año, de todos modos, ligué con un músico de la banda. Estaba entonces en una actitud de "voy a darle una segunda oportunidad porque al final parece que siempre soy yo quien los echa primero", pero en el intento descubrí que era un jodido obsesivo y tras la segunda cita le largué a la calle.

E. Allí estaban sus amigas desperdigadas en distintos grupos, allá el escenario con la orquesta de riguroso uniforme hawaiano y resplandecientes metales, al fondo la barra de cervezas y bocadillos que frecuentó tanto por fuera como por dentro. Unos años por echar una mano, otros porque no tenía un duro, acababa siempre dentro de la barra sirviendo bebidas junto a antiguos vecinos. Esta vez después de comprar alguna cerveza, y tras la cuarta o quinta que se sirvió como propina a su colaboración, levantó la cara para atender al siguiente cliente y se encontró con la sonrisa de Mariona, que le pidió dos cañas. Le pagó, le dio una a una amiga y empezó a hablarle interesada por el hipotético tema de la tesis. Salió azarosa de la barra y sufrió tener que disimular los nervios mientras Mariona, sobria y serena, se enfrentaba a esa camarera y compañera de clase de baile nerviosa y borracha. Lo pasó mal, pero a pesar de todo Mariona se mostró próxima y afable. Imposible saber si lo es o lo estaba. Me encanta la coexistencia de los verbos ser y estar, afectada no únicamente por su duración en el tiempo y tan desconcertante para muchos extranjeros.

P. Debió notar que iba borracha. Seguro. Tal vez incluso comentó algo al respecto. Y es que aunque sostenía una cerveza en la mano recordé que en el bar, a la salida de clase de baile, siempre pedía agua o un zumo. Hablamos de pelis, de países, de baile... y en una de las veces que me acerqué a la barra a rellenar el vaso, desapareció. Tal vez se despidió y ni me acuerdo. ¡Un desastre! Me quedé bebiendo y balbuceando con los restos humanos de la fiesta y durante el tiempo que pasé allí, y con más firmeza al día siguiente, concluí que debía dejar la bebida. Hasta ese punto estaba enchochada de Mariona.

E. Eso no se lo podía creer nadie que la conociese mínimamente. Ni siquiera ella que al día siguiente, el sábado, cayó en el aperitivo cuando fue al mercado. Compró fruta, verduras, pescado y gambas. De vuelta a casa se integró en el delantal y comenzó a preparar una ensaladilla ingrediente por ingrediente. Le reconfortaba pensar que siempre tenía algo sabroso y especial en la nevera para ir comiendo durante la semana, aunque su mayor ilusión era poder ofrecerlo el día que inesperadamente se presentara alguien en su casa.

- Creo que todos los días del año estoy preparada para sorprender a cualquier visita.

E. Cuando, hasta hacía medio año, aún llevaba hombres a casa, porque casi siempre eran hombres, solía sorprenderles con un exuberante bufet de desayuno por las mañanas. Solo algunas veces, muy a su pesar, bajaban a la calle a tomar café acompañado de un cruasán vulgar. Una tercera opción era que, tras el primer revolcón y recuperación de borrachera, reconociesen el error que habían cometido -uno de los dos o ambos- y se despidiesen apresuradamente antes del primer bocado.

- Si Mariona apareciese ahora podría ofrecerle ensaladilla con gambas, salmorejo, pescado en adobo, croquetas de varios tipos, atún en conserva casero... Vino sólo si lo pidiese, agua si no, que ya está bien de beber. Aunque no sé si será de las que se dejan conquistar por el estómago. Espero que así sea porque si es con el baile lo llevo claro. Recuerdo que a Teresa me la gané -y ella a mí- con unos buñuelos de bacalao con escalivada y, bueno, varias horas de charla y un par de botellas de vino antes de las primeras caricias.

E. Yo también lo recuerdo, pero dudo que siquiera una ración de croquetas y un par de copas de buen vino basten para que Mariona, la Mariona de papel que también a mí me ha atraído, tome una decisión tan fuera de lo socialmente convenido. Si es que a veces le gustan hasta de espaldas y esto no es una película. Veamos...

Continúa...

Una historia en 7 cómodos capítulos para mayores de 38 años, porque con menos no lo entenderían.
Porque las palabras (Ansiedad, Baile, Comida, Deseo, Excitación...) no pueden calmarte. Porque la soledad nunca va sola. Porque somos cuerpos en medio del conflicto aunque nos atiborremos de croquetas.

Opinión: 
5
Media: 5 (1 voto)
Texto
Castellano
25 de Julio de 2018

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