Sólo el cuento transciende

Desde hace dos años no me puedo quejar. Alquilo una casa que es probablemente la mejor en la que nunca estuve. Es un tercero sin ascensor, de unos 100 años de antigüedad y juraría que las ventanas son las originales. Un piso sin yakuzi ni vestidor ni isla en la cocina o dobles alturas. Tampoco tiene vistas al mar pero sí a la montaña -a una de ellas- si te asomas al balcón de la estrecha calle y giras el cuello lo suficiente. Comparada con cualquiera anterior es sin duda la mejor. Aquí estoy sola que es peor que bien acompañada pero menos malo que mal o regular. Además la casa es bastante grande, la cocina tiene horno, fuegos y nevera que estrené y funcionan perfectamente, y hay un gran balcón trasero que no puede llamarse terraza por poco, y por alargado.

La casa está en un barrio ni céntrico ni periférico con vecinos ni ricos ni pobres. Es una zona de ensanche, de principios de siglo veinte. Rectas y ortogonales, ordenadas en jerarquías fundamentales: principales, secundarias y menores. La cuadrícula se conforma con manzanas regulares y patios interiores que ofrecen doble ventilación y soleamiento abundante a las viviendas originales. Las viviendas más modernas, en edificios bastante más altos, están peor hechas y solo miran a un lado. Así la empresa promotora pudo llevarse algún cero a la derecha más a la cuenta bancaria, aunque ellos alegaran que concentraban las casas para hacerlas más asequibles a los necesitados ciudadanos. El mamoneo entre la oferta y la demanda controla inapelable nuestras vidas en este escenario de mercado.

La mayoría de los generosos patios de manzana que en un principio eran jardín, tierra, plantas... están hoy ocupados por naves de garajes o los fondos de almacenes de negocios que dan a alguna de las cuatros calles. En el patio de mi manzana hay un gran almacén, pero no suficientemente grande como para evitar que todavía queden numerosos jardines y terrazas en las plantas bajas. Gracias a ello desde las ventanas traseras se pueden ver árboles y plantas, escuchar los pájaros sobre todo por las mañanas, oler los jazmines en verano. También se ve o escucha alguna bronca de vez en cuando y puede oler a barbacoa cuando prefería incienso o viceversa. No es perfecto pero es mucho mejor que vivir en una casa sin escapatoria, aunque eso sea otra historia.

Mi gran balcón trasero se enfrenta a vistas al cielo y a una palmera, dos naranjos y varios frutales de verano. Tiene una mesita con dos sillas, bastantes macetas y un armarito con las herramientas, y cuando se recolocan todos convenientemente, dan cabida a una hamaca colgada de las paredes. Los 4 metros cuadrados del balcón sufren un uso y desgaste 20 veces mayor que el metro cuadrado medio de las habitaciones.

La casa por dentro está habitualmente limpia y recogida. No tanto como para llamarme escrupulosa pero suficiente como para que sorprendiera a la mujer que, en un día de arrebato de superavit, vino a limpiar la casa. Realmente la tengo así para encontrarme más a gusto, aunque no escondo que también lo hago por la posible aunque poco habitual llegada del cariñoso compañero de turno. Por razones similares a veces me depilo o escojo mi ropa interior, pero ésa es otra historia.

La casa mantiene bien la temperatura lo que no quita para que en verano llegue a hacer calor y en invierno, frío. Más frío que calor, lo que requiere mecanismos de combate más contundentes alrededor del fin y principio de año. Una estufa de butano, abrigo y mantas se bastan a pesar de que la renovación de aire a través de esas ventanas centenarias es mucho mayor que la requerida. En agosto, un ventilador combinado con el eficiente manejo de ventanas y persianas a lo largo del día, se bastan. Y si sucede la suerte del refresco nocturno, unas primeras cabezadas en la hamaca me acunan a un palmo del suelo, así me encuentro protegida por la barandilla y me duermo tranquila.

En cualquier caso, haga frío o calor, muchas veces me muevo desnuda por casa. Ocurre en verano durante todo el día, pero también durante algunos instantes cualquier mañana del año. Aunque hiele, cuando finalmente decido que es suficiente cama, pego un salto y atravieso la casa hasta el balcón trasero -corriendo y de puntillas si hace frío- antes de arroparme en el hervor de abundante ducha. También es verdad haga frío o calor, que la mitad de los días me ducho con fría. ¿Exhibicionista? ¿Masoquista? Tal vez un poco, pero lo hago más por sensación de salud, simplicidad y esa sobriedad de la que no soy capaz de despegarme. Alguna vez -pocas- cuando salgo así a encender o apagar el calentador, o a mecerme cuando el calor aprieta, oigo un crec crec de alguien que come pipas y me mira. Sin mucho interés me asomo para descubrirle pero hasta hoy no vi a nadie. Tal vez sea mejor así. Cuando comparto piso suelo llevar al menos unos shorts. No es que a mí me importe, no lo hago por mí. Lo hago por si les molestase. Yo misma me auto censuro recluyéndome en lo que la aburrida moralidad recomienda. ¡La moralidad! Ésa sí que es otra historia.

Por cierto, un amigo una vez me dijo que debía ser una máquina la que hacía el crec crec. Él también lo oía pero no sospechaba nada. Una semana después apareció muerto.

En el baño también suelo estar en pelotas. Sólo lo contrario (no estarlo nunca) sería digno de mención. El baño es nuevo y amplio, con bañera, sin bidé y, lo más importante, con ventana. No sé si explico mejor lo que siento diciendo que me encantan los baños con ventana o que no soporto los que no la tienen. Éste tiene una hermosa ventana por la que puedo ver fuera pero no me pueden ver. ¿Cómo será eso? Si un día vienes, lo ves. La depilación, los cortes de uñas, los cepillados de dientes y las demás cosas obvias las hago en este espacio aunque no todas en el mismo cacharro. ¡Ah! ¡Se me olvidaba! La ventana del baño también es el aire acondicionado de la casa durante el verano. Sólo es necesario abrir la ventana -que da a norte- de par en par, y trabar todas las puertas de la casa con las pequeñas cuñas que guardo para cada una de ellas.

La casa tiene 3 habitaciones amplias. Una de ellas es mi dormitorio con la enorme cama doble que rara vez comparto, y una muy sobria decoración. La quiero para dormir... y esas cosas. Otra es el dormitorio de compartir o, si no estoy compartiendo, el de las visitas que de vez en cuando vienen de la península o el continente. Algunas otras vienen de cualquier lugar del mundo, cuando me lo piden por internet y me parece bien. Entonces las acojo por un máximo de 2 noches haciendo uso de las nuevas tecnologías que igual te espían que combaten la soledad, pero ésas son otras historias. La tercera es mi despacho: mesa, ordenador, silla, un armario que es el almacén de la casa y, desde hace pocos meses, un flamante sofá-cama colorado que hace que la casa parezca aún más casa. Sobra espacio en casa para dos, así que imagina para una.

Además de todo eso, por si fuera poco, hay un amplio recibidor y un más que correcto salón-comedor donde además de la mesa con sus sillas recicladas de las calles cada una de su padre y de su madre, hay dos sofás vintage, mi mini biblioteca de libros que acumulo antes de devolverles la vida, y la despensa de las conservas, las conservas que hago yo como uno más de mis hobbies.

Conservar, reciclar, devolver la vida... ¡Dime tú que no florecen historias bellas en cuanto que las acaricias!

Y falta la cocina, que como dije tiene horno y todo. La cocina compite con el balcón trasero y mi dormitorio en cuanto a tiempo de ocupación. Espacioso, nuevo y con ventana, me invita a prepararme el abundante y sabroso desayuno diario pero también a esterilizar frascos de vidrio donde guardaré las alcachofas de temporada para poder disfrutarlas durante el verano y más allá. En el conge también conservo, pero en vez de alcachofas, croquetas, por ejemplo. Una de las pocas normas que pongo al compartir la casa -aparte de las de sentido común, educación y cariño- se refiere a la cocina y la comida. En casa no entran productos en plástico salvo que sea indispensable. Y no, no es por el consumo de productos contaminantes no reciclables -que también- sino por evitar los preprocesados y elaborar la mayoría de productos en casa. Ni galletas o bizcochos, ni frascos o latas de conservas, ni congelados, ni pizzas o empanadas, ni mermeladas o refrescos... Todo esto se prepara en casa, es más divertido y más sano. Algunas de esas personas de cualquier lugar del mundo que han venido a casa haciendo uso de las nuevas tecnologías preguntaron al abrir la nevera, si yo era vegana. Les llamaba más la atención que no hubieran embalajes, cajas y plásticos, que la pieza de tocino en la bandeja del medio, porque la gente no piensa. Nos guiamos por modas, por manipuladas simplificaciones de la realidad, por tópicos y estereotipos, por inercia, por economía intelectual, física y energética en inútil lucha contra la entropía. El equilibrio no sólo no es posible, sino que además tiende a peor, haciendo una simplificación económica de la segunda ley de la termodinámica.

La entropía describe lo irreversible. Ésta sí es la historia. Ésta sí es la historia, aunque para seguir viviendo no podamos dejar de contar cuentos.

(EN FADE-OUT...)
Aunque no cene, el desayuno y la comida son muy importantes, tanto como las infusiones de hojas y flores que paso bebiendo durante todo el día, a veces aromatizadas con menta de una maceta del balcón de atrás. A la altura de la hamaca, también tengo rúcula, cilantro y lechugas, aunque fue en el diminuto balcón delantero donde, además de flores que dan a la calle, empecé a coger otros suministros para la cocina: planté un hueso de un albaricoque que me salió, bueno... y crecieron pimientos picantes. Obviamente hice algo mal, porque magia de ésta aún no me sale... (... HASTA EL SILENCIO porque la historia y los cuentos sólo acaban en silencio)

Opinión: 
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Texto
Castellano
2 de Noviembre de 2019

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